La sangre que salva vidas tiene nombre de familia

En la jornada voluntaria de donación de sangre celebrada este sábado, decenas de personas acudieron al llamado. Entre fórmulas y bolsas etiquetadas, una familia completa se convirtió en el símbolo de una solidaridad que no entiende de horarios ni de excusas.

Son las ocho y media de la mañana y el salón ya huele a alcohol. No es un aroma agradable, pero tampoco importa. Lo que importa es lo que ocurre dentro de ese pequeño banco de sangre improvisado en el hospital de la comunidad: hombres y mujeres de todas las edades esperan su turno para extender el brazo y regalar algo que no se compra ni se vende. Entre los primeros en llegar está Mayelín. Tiene 55 años, es  Maáster en Actividad Física y Comunitaria y ha donado sangre aproximadamente 36 veces. Dice que empezó «casi por casualidad» y que ya no ha parado. Hoy no viene sola. La acompañan sus dos hijas, Dailiana —de 28 años— y Ana Grabiela —de 23—, y el yerno de la familia, Leodanis, de 30.

«Nos levantamos temprano, desayunamos ligero y nos vinimos juntos. Es como ir a una fiesta, pero sin música», bromea Mayelín mientras se ajusta la manga de la blusa. A su lado, Dailiana confiesa que la primera vez le dio miedo la aguja. «Pero cuando piensas que esa sangre puede salvar a un niño, a una madre, a cualquiera… el miedo se va solo», dice. Leodanis, el yerno, es el más callado del grupo. Sin embargo, cuando se le pregunta por qué dona, responde con una frase que resume toda la jornada: «Porque un día cualquiera puedo ser yo el que la necesite».

La escena se repite a lo largo de la mañana. Llegan jóvenes con mochilas, no tan jóvenes con bastones, cuadros de la comunidad con camisa planchada, delegados de circunscripción que aprovechan para saludar a sus vecinos, y hasta algunos sancionados que cumplen con la ley pero que hoy también cumplen con la vida. Nadie pregunta por el expediente de nadie. Aquí solo importa una cosa: la sangre.

«Es un acto de amor», dice una señora que prefiere no dar su nombre. «Yo no tengo mucho, pero tengo esto».

Los especialistas insisten en que una sola donación puede salvar hasta tres vidas. Pero detrás de esa estadística hay algo más difícil de medir: la confianza. La certeza de que, en algún lugar, alguien a quien no conoces está dispuesto a tenderte la mano. Al mediodía, Mayelín y su familia salen del salón con algodón en el brazo y una sonrisa cansada. No se conocen los nombres de quienes recibirán su sangre.

No hace falta. Ellos ya saben lo que hicieron. Y mañana, cuando el sol vuelva a salir, el banco de sangre volverá a abrir sus puertas. Ojalá que, como hoy, la solidaridad tenga nombre de familia.

Redacción y Foto: Adrielis Jardines Díaz

Visitantes:79

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *